Ignoro el momento preciso o la posición concreta de mi
cuerpo; puede que el sudor que me envolvía al despertar o mi natural torpeza al
moverme consiguieran que mi cuerpo no lograra levantarse de la cama. De todas
formas, acometí la difícil tarea aferrándome a uno de los extremos del armario
contiguo, atestado de libros que he ido amontonando ahí desde mi primera infancia.
Esta vez el sueño no había sido terrorífico, sino
inquietante; una docena de bestias sin nombre, una persecución acaso de noche o
tal vez de día; una opaca conversación a la luz de una vela que al fin descubrí
estrella; una persistente locura e incoherencia en mis movimientos que me
arrastraba irrefrenablemente hacia la más absoluta inadecuación de mis actos.
Esta vez, por tanto, no fue la situación, aquello que vi en mi fantasía, tanto
como lo que oí en ella.
“Urulario” es una palabra especiosa, casi circular. En un
principio pensé que nunca antes había llegado a mis oídos; una vez recompuesto
y habiendo tomado una aspirina, comprendí que no me era ajena. Desde luego que
la había oído, leído tal vez, en alguna parte, con toda probabilidad en una de
mis laberínticas lecturas. No sería la primera vez que algo así me ocurre;
sencillamente recuerdo cosas repentinamente y trato en vano de buscar el libro
o el lugar en las que me fue dado conocerlas. Una vez que la búsqueda
infructuosa me ha hastiado o que el hecho en cuestión ha perdido su interés,
entonces recuerdo súbitamente dónde se hallaba la palabra.
Mas no hubo suerte aquella vez. Inútil resultó buscarlo a
lo largo y ancho de mi ingente biblioteca, ni siquiera los muchos volúmenes que
me han sido prestados durante los años, releídos y escrutados nuevamente,
sirvieron para despejar la nueva duda. El diccionario ignoraba abiertamente la
palabra; ninguno de los que tengo, ni la exhaustiva enciclopedia Larousse, ni
la de Meyer, ni siquiera un volumen antiguo y burdamente traducido de la de
Diderot fue capaz de resolver el origen o significado de la imposible palabra
“urulario”
La sola posibilidad de que urulario me fuera desconocido
alimentaba en mi ser un abismo que se hacía más profundo por minutos. La
ignorancia es algo malo, eso se da por sabido, pero sobre todo es algo
irritante, y mucho más cuando uno se ve imposibilitado a escapar de ella.
Entonces le coge a uno, se le aferra, por así decirlo y, y… ¿cómo describir, en
fin, aquello para lo que no hay palabras, o aquello para lo que sí las hay,
pero ocultas para nosotros? Recuerdo haber pensado en ese momento que uruluario
bien podía ser una de aquellas palabras.
¿Estaría yo rodeado de urularios en ese momento sin
saberlo? ¿Podría apresar la mente humana siquiera un partícula del sentido de
ese concepto? Pero ¿era un concepto? ¿O podría alguna vez palpar un urulario?
¿Me sería dado conocer su rugosidad con las manos, su color mediate mis
cansados y miopes ojos? ¿Es que alguna vez mi sobrepasado intelecto acertaría a
definir con precisión el urulario? ¿Se trataría de una parte trivial dentro de
un vasto sistema filosófico que mi inteligencia no lograría rebasar jamás? ¿Era
yo un urulario muy en el fondo? ¿Lo había visto alguna vez pasando por la acera
junto a mí y lo había mirado distraídamente sin saber que me hallaba ante uno?
¿Podía pasarme que el urulario condicionara mi vida o que no tuviera nada que
ver con ella? ¿Se habría formado en algún segundo posterior a la eclosión del
universo y se habría desintegrado momentos después para no dejar rastros?
¿Sería urulario mi piso, sería urulario mi vida, sería urulario el mundo y
cuanto vive en él sin excepción? ¿Era algo real, algo numérico, como un objeto,
o algo humano, como un sentimiento, o algo cabal y simple, como la luz del sol,
o algo desmesurado y onírico como los demonios o el amor?
Oponiendo armas, rindiéndome con casi excesiva facilidad,
levanté la tapa del portátil e introduje la palabra imaginaria. Nadie sabía
nada de su existencia, la palabra le era anónima también al ancho mundo
informático. Con el mareo de vuelta en mi mente, sin haber comido, reparé en un
último diccionario que aguardaba una revisión. El desacreditado volumen de la
Real Academia que hace años que permanece intacto, siempre alegando que el
María Moliner es mucho más completo… en fin, huelga decir que este último
intento a la desesperada fue tan infructuoso como todos los demás. Traté de no
perder la cordura. Tal palabra me había sido revelada en un sueño carente de
sentido, en una conversación con un ser quimérico, pero ¿y si la palabra era
cierta? Porque ¿de dónde la había podido sacar mi inconsciente si no era de una
lectura consciente?
Ido, perseguido por mí mismo, sin hallar respuesta alguna a
mi alrededor, acometí de nuevo la revisión de cada diccionario. Encontré
multitud de artículos sobre el urunday, que sobrepasa con frecuencia los veinte
metros de altura, y también una amplia disertación sobre el urutaú, cuyo canto
en forma de carcajada estridente aún es considerado signo de mal agüero por los
nativos del Paraguay. Nada, en cambio, se decía de mi urulario.
Intentando verlo desde otra luz, me propuse la
descomposición de la palabra. Acaso el sufijo “ario” designara una profesión,
como tiene por costumbre. O acaso adjetivara un sustantivo, como también es su
cometido. Pero aquello no era convincente, pues el lexema “urul” resultaba
inasible desde cualquier punto de vista. Perdida toda confianza en mí mismo y
en mi abatida memoria, decidí pedirle consejo a un amigo. Tal vía de escape fue
sencilla de poner en práctica. Por fortuna, B. se hallaba en casa aquel día por
la mañana y cogió mi llamada inmediatamente.
Le expuse la cuestión que me ocupaba, sin decirle nada de
la procedencia onírica de la palabra, sencillamente interrogándole por el
significado.
–Urulario… –me dijo, pensativo. Y se pasó así un buen rato,
repitiendo la palabra, descomponiéndola–. Urulario… Uru-lario. Uru… No me
suena.
Le expliqué mi sorpresa al encontrar una palabra que
probablemente sobresaliera de la existencia común de las palabras; pronto le
confesé que mi sorpresa era más bien temor.
–No te preocupes jamás por una palabra –me dijo amablemente–.
Conozco a la persona que necesitas. Es un hombre muy extraño, viejo y sumamente
culto, que vive solo en su casa, rodeado de libros. Conoce todas las palabras y
todas sus combinaciones posibles. Sería capaz de erigir por sí mismo todos los
idiomas posibles. Él es tu hombre.
Me dio la dirección del sabio y me deseó suerte en mi
búsqueda. Sin saber qué pensar de todo aquello, apunté el nombre y el número
rápidamente y acto seguido me monté en el coche para dirigirme a la casa del sabio.
Se trataba de un barrio residencial algo desfasado pero
tampoco feo, situado a las afueras de la ciudad. El ocasional ladrido de un
perro confería al paisaje vallado una atmósfera casi mortuoria.
Llamé a la puerta dos veces. Una voz, indefinible por su
aspereza, me ordenó que pasara adentro. Entré sin hacer ruido –sólo entonces
advertí que la puerta estaba abierta– y me encontré en una habitación sumida en
la penumbra, tan solo iluminada por el tenue parpadear de una vela que un
hombre viejo y arrugado acababa de encender desde su asiento en el suelo.
Interpretaba un texto imposible de descifrar para mí y emitía sonidos guturales
a cada frase. Una vez terminada aquella operación de lectura, abrió los ojos,
que misteriosamente había mantenido cerrados hasta entonces.
–Estoy buscando el significado de una palabra –le expliqué.
Él asintió sin prisa. Volvió a cerrar los ojos.
–Me han dicho que usted conoce todas las palabras.
–Lo sé –dijo con renovada aspereza–. Lo sé todo. Es cierto
que conozco todas las palabras y todas las maneras posibles de ordenarlas.
–¿Cómo es posible que las conozca todas?
–Porque he pasado toda mi vida leyendo y he logrado
interpretar todos los textos que ha legado el hombre.
Puse cara de verdadera incredulidad ante aquel acto de
prepotencia.
–¿Ha leído usted todos los libros que existen?
–Todos y cada uno. En mi caso, toda lectura es un acto de
relectura. La vida que me queda, la que me resta después de haberlo leído todo,
es únicamente un reflejo de mis lecturas. El universo quiere parecerse todo lo
posible a los libros y yo los conozco todos, de forma que abarco el universo
con mi mente y conozco cada lengua, incluso las que son secretas, incluso las
que sólo una persona sabe. Esa persona, en la mayoría de los casos, soy yo.
–¿De veras ha podido tener tiempo de leerlo todo?
–El tiempo también es parte de lo que he leído. Cada cosa
que te ha pasado, cada cosa me va a pasar, esta misma visita que me haces hoy, yo
ya la he sabido antes. Por eso lo conozco todo.
–¿Sabe, entonces, el significado de la palabra “urulario”?
–Desde luego que conozco urulario –me contestó con firmeza.
–No puede ser que conozca urulario. Es una palabra que oí
en un sueño, es una palabra que no existe.
–Conozco todas las palabras, y eso incluye las que existen
y las que no. Urulario existe y tú la conoces aunque su significado te es
desconocido aún.
Hubo unos minutos de silencio, en los que él abrió los ojos
para volverlos a cerrar de inmediato. Aterrorizado por todo aquello, pregunté:
–¿Qué significa urulario?
–Urulario es una palabra que no significa nada. Urulario es,
como todas las demás, nada más que una palabra, una palabra vacía, una palabra
hueca, como todas las palabras, en realidad. El significado no le es
consustancial. Urulario no significa lo que pretende significar, ni tampoco es
inexistente. Urulario es, en definitiva, nada más que una llamada de atención,
un recordatorio de que las palabras no significan nada y de que tú eres quien
les confiere el significado. El sentido está dentro de nosotros.
Aquello me había dejado literalmente sin palabras. Le di
reiteradamente las gracias al viejo hombre, que no abrió los ojos en la
despedida. Probablemente me estuviera viendo, desde algún nivel ajeno a mi
comprensión, aunque teniendo cerrados los ojos. Abandoné silenciosamente la
estancia, sintiéndome invadido por una recóndita ola de calor que quizá el
entendimiento de lo novedoso únicamente sepa propiciar.
Salí a la calle con una extraña sensación, un cruce de
admiración y descontento. Yo no podía creer, como había dicho el viejo sabio,
que las palabras estuvieran “vacías”. Y, sin embargo, esa palabra, ese urulario…
parecía la refutación de todas mis cavilaciones sobre el lenguaje.
Solo una vez metido en el coche y a mitad de camino de mi
casa pude recordar, tan rápidamente como me la había sido revelada, que la
palabra urulario estaba en alguna parte de mi biblioteca, en uno de los
experimentos lingüísticos de Vicente Huidobro; Altazor, Canto VII, verso sexto.

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