miércoles, 15 de enero de 2014

Lunatando el urulario




Ignoro el momento preciso o la posición concreta de mi cuerpo; puede que el sudor que me envolvía al despertar o mi natural torpeza al moverme consiguieran que mi cuerpo no lograra levantarse de la cama. De todas formas, acometí la difícil tarea aferrándome a uno de los extremos del armario contiguo, atestado de libros que he ido amontonando ahí desde mi primera infancia.
Esta vez el sueño no había sido terrorífico, sino inquietante; una docena de bestias sin nombre, una persecución acaso de noche o tal vez de día; una opaca conversación a la luz de una vela que al fin descubrí estrella; una persistente locura e incoherencia en mis movimientos que me arrastraba irrefrenablemente hacia la más absoluta inadecuación de mis actos. Esta vez, por tanto, no fue la situación, aquello que vi en mi fantasía, tanto como lo que oí en ella.
“Urulario” es una palabra especiosa, casi circular. En un principio pensé que nunca antes había llegado a mis oídos; una vez recompuesto y habiendo tomado una aspirina, comprendí que no me era ajena. Desde luego que la había oído, leído tal vez, en alguna parte, con toda probabilidad en una de mis laberínticas lecturas. No sería la primera vez que algo así me ocurre; sencillamente recuerdo cosas repentinamente y trato en vano de buscar el libro o el lugar en las que me fue dado conocerlas. Una vez que la búsqueda infructuosa me ha hastiado o que el hecho en cuestión ha perdido su interés, entonces recuerdo súbitamente dónde se hallaba la palabra.
Mas no hubo suerte aquella vez. Inútil resultó buscarlo a lo largo y ancho de mi ingente biblioteca, ni siquiera los muchos volúmenes que me han sido prestados durante los años, releídos y escrutados nuevamente, sirvieron para despejar la nueva duda. El diccionario ignoraba abiertamente la palabra; ninguno de los que tengo, ni la exhaustiva enciclopedia Larousse, ni la de Meyer, ni siquiera un volumen antiguo y burdamente traducido de la de Diderot fue capaz de resolver el origen o significado de la imposible palabra “urulario”
La sola posibilidad de que urulario me fuera desconocido alimentaba en mi ser un abismo que se hacía más profundo por minutos. La ignorancia es algo malo, eso se da por sabido, pero sobre todo es algo irritante, y mucho más cuando uno se ve imposibilitado a escapar de ella. Entonces le coge a uno, se le aferra, por así decirlo y, y… ¿cómo describir, en fin, aquello para lo que no hay palabras, o aquello para lo que sí las hay, pero ocultas para nosotros? Recuerdo haber pensado en ese momento que uruluario bien podía ser una de aquellas palabras.
¿Estaría yo rodeado de urularios en ese momento sin saberlo? ¿Podría apresar la mente humana siquiera un partícula del sentido de ese concepto? Pero ¿era un concepto? ¿O podría alguna vez palpar un urulario? ¿Me sería dado conocer su rugosidad con las manos, su color mediate mis cansados y miopes ojos? ¿Es que alguna vez mi sobrepasado intelecto acertaría a definir con precisión el urulario? ¿Se trataría de una parte trivial dentro de un vasto sistema filosófico que mi inteligencia no lograría rebasar jamás? ¿Era yo un urulario muy en el fondo? ¿Lo había visto alguna vez pasando por la acera junto a mí y lo había mirado distraídamente sin saber que me hallaba ante uno? ¿Podía pasarme que el urulario condicionara mi vida o que no tuviera nada que ver con ella? ¿Se habría formado en algún segundo posterior a la eclosión del universo y se habría desintegrado momentos después para no dejar rastros? ¿Sería urulario mi piso, sería urulario mi vida, sería urulario el mundo y cuanto vive en él sin excepción? ¿Era algo real, algo numérico, como un objeto, o algo humano, como un sentimiento, o algo cabal y simple, como la luz del sol, o algo desmesurado y onírico como los demonios o el amor?
Oponiendo armas, rindiéndome con casi excesiva facilidad, levanté la tapa del portátil e introduje la palabra imaginaria. Nadie sabía nada de su existencia, la palabra le era anónima también al ancho mundo informático. Con el mareo de vuelta en mi mente, sin haber comido, reparé en un último diccionario que aguardaba una revisión. El desacreditado volumen de la Real Academia que hace años que permanece intacto, siempre alegando que el María Moliner es mucho más completo… en fin, huelga decir que este último intento a la desesperada fue tan infructuoso como todos los demás. Traté de no perder la cordura. Tal palabra me había sido revelada en un sueño carente de sentido, en una conversación con un ser quimérico, pero ¿y si la palabra era cierta? Porque ¿de dónde la había podido sacar mi inconsciente si no era de una lectura consciente?
Ido, perseguido por mí mismo, sin hallar respuesta alguna a mi alrededor, acometí de nuevo la revisión de cada diccionario. Encontré multitud de artículos sobre el urunday, que sobrepasa con frecuencia los veinte metros de altura, y también una amplia disertación sobre el urutaú, cuyo canto en forma de carcajada estridente aún es considerado signo de mal agüero por los nativos del Paraguay. Nada, en cambio, se decía de mi urulario.
Intentando verlo desde otra luz, me propuse la descomposición de la palabra. Acaso el sufijo “ario” designara una profesión, como tiene por costumbre. O acaso adjetivara un sustantivo, como también es su cometido. Pero aquello no era convincente, pues el lexema “urul” resultaba inasible desde cualquier punto de vista. Perdida toda confianza en mí mismo y en mi abatida memoria, decidí pedirle consejo a un amigo. Tal vía de escape fue sencilla de poner en práctica. Por fortuna, B. se hallaba en casa aquel día por la mañana y cogió mi llamada inmediatamente.
Le expuse la cuestión que me ocupaba, sin decirle nada de la procedencia onírica de la palabra, sencillamente interrogándole por el significado.
–Urulario… –me dijo, pensativo. Y se pasó así un buen rato, repitiendo la palabra, descomponiéndola–. Urulario… Uru-lario. Uru… No me suena.
Le expliqué mi sorpresa al encontrar una palabra que probablemente sobresaliera de la existencia común de las palabras; pronto le confesé que mi sorpresa era más bien temor.
–No te preocupes jamás por una palabra –me dijo amablemente–. Conozco a la persona que necesitas. Es un hombre muy extraño, viejo y sumamente culto, que vive solo en su casa, rodeado de libros. Conoce todas las palabras y todas sus combinaciones posibles. Sería capaz de erigir por sí mismo todos los idiomas posibles. Él es tu hombre.
Me dio la dirección del sabio y me deseó suerte en mi búsqueda. Sin saber qué pensar de todo aquello, apunté el nombre y el número rápidamente y acto seguido me monté en el coche para dirigirme a la casa del sabio.
Se trataba de un barrio residencial algo desfasado pero tampoco feo, situado a las afueras de la ciudad. El ocasional ladrido de un perro confería al paisaje vallado una atmósfera casi mortuoria.
Llamé a la puerta dos veces. Una voz, indefinible por su aspereza, me ordenó que pasara adentro. Entré sin hacer ruido –sólo entonces advertí que la puerta estaba abierta– y me encontré en una habitación sumida en la penumbra, tan solo iluminada por el tenue parpadear de una vela que un hombre viejo y arrugado acababa de encender desde su asiento en el suelo. Interpretaba un texto imposible de descifrar para mí y emitía sonidos guturales a cada frase. Una vez terminada aquella operación de lectura, abrió los ojos, que misteriosamente había mantenido cerrados hasta entonces.
–Estoy buscando el significado de una palabra –le expliqué.
Él asintió sin prisa. Volvió a cerrar los ojos.
–Me han dicho que usted conoce todas las palabras.
–Lo sé –dijo con renovada aspereza–. Lo sé todo. Es cierto que conozco todas las palabras y todas las maneras posibles de ordenarlas.
–¿Cómo es posible que las conozca todas?
–Porque he pasado toda mi vida leyendo y he logrado interpretar todos los textos que ha legado el hombre.
Puse cara de verdadera incredulidad ante aquel acto de prepotencia.
–¿Ha leído usted todos los libros que existen?
–Todos y cada uno. En mi caso, toda lectura es un acto de relectura. La vida que me queda, la que me resta después de haberlo leído todo, es únicamente un reflejo de mis lecturas. El universo quiere parecerse todo lo posible a los libros y yo los conozco todos, de forma que abarco el universo con mi mente y conozco cada lengua, incluso las que son secretas, incluso las que sólo una persona sabe. Esa persona, en la mayoría de los casos, soy yo.
–¿De veras ha podido tener tiempo de leerlo todo?
–El tiempo también es parte de lo que he leído. Cada cosa que te ha pasado, cada cosa me va a pasar, esta misma visita que me haces hoy, yo ya la he sabido antes. Por eso lo conozco todo.
–¿Sabe, entonces, el significado de la palabra “urulario”?
–Desde luego que conozco urulario –me contestó con firmeza.
–No puede ser que conozca urulario. Es una palabra que oí en un sueño, es una palabra que no existe.
–Conozco todas las palabras, y eso incluye las que existen y las que no. Urulario existe y tú la conoces aunque su significado te es desconocido aún.
Hubo unos minutos de silencio, en los que él abrió los ojos para volverlos a cerrar de inmediato. Aterrorizado por todo aquello, pregunté:
–¿Qué significa urulario?
–Urulario es una palabra que no significa nada. Urulario es, como todas las demás, nada más que una palabra, una palabra vacía, una palabra hueca, como todas las palabras, en realidad. El significado no le es consustancial. Urulario no significa lo que pretende significar, ni tampoco es inexistente. Urulario es, en definitiva, nada más que una llamada de atención, un recordatorio de que las palabras no significan nada y de que tú eres quien les confiere el significado. El sentido está dentro de nosotros.
Aquello me había dejado literalmente sin palabras. Le di reiteradamente las gracias al viejo hombre, que no abrió los ojos en la despedida. Probablemente me estuviera viendo, desde algún nivel ajeno a mi comprensión, aunque teniendo cerrados los ojos. Abandoné silenciosamente la estancia, sintiéndome invadido por una recóndita ola de calor que quizá el entendimiento de lo novedoso únicamente sepa propiciar.
Salí a la calle con una extraña sensación, un cruce de admiración y descontento. Yo no podía creer, como había dicho el viejo sabio, que las palabras estuvieran “vacías”. Y, sin embargo, esa palabra, ese urulario… parecía la refutación de todas mis cavilaciones sobre el lenguaje.
Solo una vez metido en el coche y a mitad de camino de mi casa pude recordar, tan rápidamente como me la había sido revelada, que la palabra urulario estaba en alguna parte de mi biblioteca, en uno de los experimentos lingüísticos de Vicente Huidobro; Altazor, Canto VII, verso sexto. 

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