Cuando era pequeño temía fuertemente a los mosquitos. El zumbido del mosquito me quitaba el sueño por las noches, retumbando terco en las paredes de mi mente infantil; después, al despertar, la marca roja sobre la piel me recordaba la pesadilla alada.
Pero compréndase: lo que más temía era el peso del mosquito. Me preguntaba constantemente si su presencia en un brazo o en el cuello se distinguiría con nitidez de la levedad del aire. Fácilmente volvías la cabeza y ahí estaba, vanidosamente posado, practicando su ritual beso de sangre.
Pero el tiempo pasa; aprendí a convivir con el mosquito. Ahora vivo rodeado de mosquitos, de esos corazones sin venas que revolotean. Ahora los pretendo. He tenido que enseñarme a compartir mi sangre, que antes guardaba celosamente. Sí, ahora comparto mi sangre, uno mis arterias a las de otros, oigo zumbidos en la noche alta pero no los discrimino de la música sacra del silencio... todo para que tú, mosquito hipócrita que me lees, puedas beber holgadamente de mi antigua sangre atormentada.
No, si compartir está bien. Lo malo es la duración de los daños colaterales...
ResponderEliminarComo decía Alfonso Reyes:
Eliminar"Eso es lo malo de no hacer imprimir las obras: que se va la vida en rehacerlas."